1939
Ya hay que irse. Les echan de España. El 25 de enero, el mismo día
en que capitula Barcelona, del número 600 de la Avenida 14 de abril
salen Doña Araceli Alarcón, sus hijas, Araceli y María,
dos niños, sus primos José y Rafael Tomero, Rosa, la criada,
y «Mickey», el perro de los niños. les está esperando
el gran coche negro, propiedad de Manuel Núñez, el último
director general de Seguridad de la República; auto que unas semanas
antes había abierto el gran cortejo que seguía la furgoneta
fúnebre con el cuerpo de don Blas Zambrano, camino del cementerio de
las Corts. Ahora, camino del exilio: Figueras, La Junquera, Le Perthus. Antes
de llegar a la Junquera, el coche va muy despacio entre la inmensa muchedumbre
que huye atemorizada, y ven a don Antonio Machado caminando casi inválido
y sostenido por su madre. Ante su negativa a la invitación a subirse
al coche María Zambrano baja de él y llega andando a la frontera
con el poeta. En Le Perthus permanecen casi todo el día en un café
hasta que consiguen albergue en el hotel Du Tourisme, en Salses. A los pocos
días, María se reúne allí con su marido, y juntos
parten a París, desde donde van a México; mientras, su madre
y Araceli se quedan en Francia, donde les espera el calvario a que los nazis
someterán a Araceli, tras la prisión en Paría de Manuel
Núñez, finalmente extraditado por presiones de Serrano Suñer,
y fusilado en Madrid.
El viaje a México lo ha relatado Zambrano en Delirio y destino: «Era
como sentirse en vías de nacer a través de aquella agonía
inédita». Tras una breve estancia en Nueva York, se dirigen a
La Habana, donde María puede dar unas conferencias que les alivian
la penuria en que están. Enseguida parten a México, reencontrándose
con otros eminentes exiliados que han ido llegando, desde 1938, invitados
por la Casa de España: Recasens Sitges, León Felipe, Moreno
Villa, Ots Capdequí, Díez Canedo, Gutierrez Abascal, G. R. Lafora,
Bal y Gay. Poco antes que ella han llegado A. Salazar, A. Medinaveitia, Blas
Cabrera, P. Carrasco Garrorena, P. Bosch Gimpera, A. Trías, W. López
Alba, y sus dos grandes amigos E. Prados y R. Dieste. Aún irían
sumándose a la Casa de España, al par que Zambrano, otras muchas
relevantes personalidades de las letras y las ciencias españolas; creándose,
así, una compleja estructura de doce miembros de pleno derecho, quince
residentes (entre los que se encontraban también Bergamín, B.
Jarnés, J. Carner y el filósofo J. Xirau), más múltiples
invitados y becarios, algunos comisionados especiales, así como otros
miembros honorarios. En esta eximia Casa conoce a sus patronos, Cosío
Villegas y Alfonso Reyes, con quien, desde entonces, le unirá una gran
amistad. Ante tan eminente público, pronuncia Zambrano las tres conferencias
sobre «Pensamiento y poesía en la vida española»:
«Todos —y Alfonso Reyes el que más— quedamos fascinados
—dirá F. Giner de la llegada de Zambrano a la Casa de España—
[...]. Como estuvimos fascinados unos días después en el Palacio
de las Bellas Artes cuando María Zambrano dio sus memorables tres conferencias
antes de marcharse para Michoacán».
Octavio Paz recensionaba estas conferencias en el número 4 de Taller:
«María Zambrano ha dado tres magníficas conferencias.
El pensamiento [...] es singularmente nuestro siendo tan suyo. Anuncia en
toda su apasionada riqueza un estado de espíritu que es ya el de muchos.
Nostalgia de un orden humano, búsqueda y profecía de un logos
lleno de gracia y verdad. Y esta angustia alcanza en María un tenso,
hondo equilibrio».
La resonancia de estas conferencias no hace sino amplificarse con su inmediata
publicación en libro: Pensamiento y poesía en la vida española.
Su influencia es tan grande en el grupo poético de Taller: J. Alvarado,
L. Zea, A. Quintero Álvarez. De entre los españoles fueron menos
los que se ocuparon de unas y otro: F. Giner, E. Imaz o Moreno Villa. Sin
embrago, Zambrano no puede quedarse como residente en la Casa de España
y es comisionada, de modo permanente en la Universidad Michoacana de San Nicolás
de Hidalgo, en Morelia. Algunos testigos del momento han adivinado espurios
motivos en tal remisión, y que, en todo caso, sus colegas no le dieron
su verdadero sitio entre ellos. Curioso es que Gaos no la mencione ni una
vez en sus Confesiones profesionales. En Morelia, el día 1 de abril,
Zambrano comienza sus clases de Historia de la Filosofía explicando
el concepto de libertad en Grecia, mientras en Madrid «desfilaban los
gritos de la bárbara victoria», escribirá Zambrano en
Violetas y volcanes, ya en 1989. Ahí recordará la Universidad
de Morelia: «Una Universidad que tenía, como toda la ciudad,
el color de Salamanca, dorada. se alzaban las inmensas buganvillas, que yo
nunca había visto tan inmensas [...]. Comencé a dar mi clase
en medio de ese silencio, en ese que tiene el indito, y lo digo con todo cariño,
en ese silencio del indito mexicano. Y cómo me escucharon, cómo
me arroparon. Su silencio fue para mí como un encaje, como una envoltura
o una mantilla de esas que les ponen a los niños que tiemblan. Porque
yo temblaba por todo y me quitaron el temblar».
En Morelia publica «Nietzsche o la soledad enamorada», en junio.
Y el día 16 de ese mes finaliza «San Juan de la Cruz (De la noche
obscura a la más clara mística)», que se publicará
en diciembre en Sur, de Buenos Aires. Es ya el momento del «agua»,
de la disolución de todo rencor, en el mismo proseguido fracaso; del
agua y de la visibilidad, de la transparencia. María Zambrano me dictó
en el, al fin fracasado, dada su ya muy mala salud, intento de hacer un discurso
enteramente nuevo para la recepción del premio Cervantes, en 1989,
pero del que han quedado, aún así, unos bellísimos fragmentos:
«Y hay lugares del mundo hispánico donde esta visibilidad se
hace resplandeciente; y así en Michoacán, donde se me dio a
conocer la experiencia de la unidad perfecta de la forma que hasta alcanzan
los ínferos reales del habla. Aquella lluvia angelical tan fina que
me indicaba a mí y a mis pacientes alumnos que eran las cuatro de la
tarde [...]. Allí en Morelia, cuyo camino yo no había buscado
sino que el camino mismo me llevó a ella [...]. Fui sustraída
a la violencia y me encontré en esa paz que se destaca con especial
fuerza y delicadeza en aquella ciudad [...]. la revelación de un logos
indeleble y secreto, misterioso e invencible de las letras hispánicas,
aún por lograrse, recorriendo todas ellas como una música sin
par que se da en múltiples lados y se hace notar que todavía
no se ha acabado [...] de lograr enteramente».
Allí, y así, mientras —ironizaba Zambrano— es ella
la facultad entera de Filosofía, impartiendo 5 ó 6 materias
diferentes, finaliza Filosofía y poesía —el libro de temática
general, gemelo de Pensamiento y poesía en la vida española—
que editará Publicaciones de la Universidad Michoacana. También
allí escribe otros dos artículos que, significando la síntesis
de su larga e intensa andadura entre 1928 y 1939, inician, junto a esos dos
libros, una nueva etapa de su pensamiento —que bien podemos denominar,
simbólicamente, del «aguallama», por la misma simbología
que, de este 1939 a 1945, la va a presidir—: «Poesía y
filosofía» y «Descartes y Husserl». Pero, su camino
no se detenía en aquella hermosa ciudad, donde vio crecer y firmó
su propia paz, respondió a la llamada de las «islas» y
del que sería su gran amigo y par: Lezama Lima. El día 1 de
enero de 1940, María Zambrano está ya en La Habana.