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Biografía

Biografía

1904-1937 1936-1953 1953-1991

1938
Interviene en numerosos actos públicos de afirmación republicana, tanto en Valencia como en Barcelona donde se traslada a vivir con sus padres y hermana Araceli a comienzos de año (número 600 de la entonces avenida 14 de Abril). A la vez que prosigue en todas sus anteriores actividades, colabora con La Vanguardia —«La nueva moral», 27 de enero, y «El materialismo español», 5 de febrero— y con la Revista de las Españas (julio, número 162, dedicado a la hermandad con Chile) —«Tierra de Arauco»—. Imparte un curso en la Universidad de Barcelona, en el que ocupan un lugar destacado el estoicismo, el pitagorismo y Plotino. Retoma la lectura de Heidegger, y de ahí, probablemente, que ahora escriba el escueto «Antonio Machado y Unamuno, precursores de Heidegger». Consta que es también ahora cuando hace una pormenorizada lectura de El concepto de la angustia, de Kierkegaard. Es relevante la réplica que le hace a E. Mounier en «Un testimonio para Esprit» (junio), en defensa del ministro español en La Haya, Semprún y Carro, y, en definitiva, constatando su fidelidad al gobierno republicano y como «un acto de fe en la dignidad y la libertad ultrajadas del pueblo español».
Junto a éste van apareciendo sus artículos mayores de la guerra; entre los que destacan «Un camino español: Séneca o la resignación» y «Misericordia»; los cuales hallan respectivamente, sus correlatos en sendas cartas: la citada a Dieste, y la durísima y beligerante que escribe a R. Chacel (entonces en París), el 26 de junio en Barcelona, bajo las bombas, y hablándole de los unamunianos y orteguianos errores que ella, Chacel, sigue, y de los «traidores» como Giménez Caballero, y de cuantos han hollado «la sagrada independencia de la patria». Carta esta en la que, además de «Misericordia», aparecen varios de sus proyectos filosóficos, como el de Filosofía y poesía, y un libro sobre una serie de españoles, con Séneca a la cabeza, que se convertirá en Pensamiento y poesía en la vida española y toda la serie de escritos sobre España. Y a pesar del radical asentimiento que Zambrano muestra en esta carta a la política y a las consignas oficiales, su libertad de acción y de pensamiento —la soledad y no vinculación a partido político alguno se patentizan expresamente también en esta carta— son menoscabadas en algún momento, como en la concesión del Premio Nacional de Poesía para 1938 de cuyo jurado formó parte, junto a Díez Canedo y Josep Renau: tras gran competencia entre Prados, Garfias, Serrano Plaja y Gil-Albert, se le otorgó a éste por Son nombres ignorados; fallado el premio, el siempre intervencionista Wenceslao Roces, subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública, anula la decisión y otorga el premio a P. Garfias. No era nuevo: ya, al comienzo de la andadura de Hora de España, había obligado a suprimir de la «Elegía a García Lorca», de Cernuda, la estrofa referida a la homosexualidad de aquél. Nada de ello obsta para que Zambrano —como Machado, Tomás Navarro Tomás o Victorio Macho, quienes acabarían defendiendo a Roces— prosiga mediando entre enfrentados sectores de intelectuales y políticos. «¡Todos unidos para salvar a España, traicionada e invadida, pero imperecedera y segura de victoria!», finalizaba el «Manifiesto de los intelectuales de España por la victoria del pueblo» que publicó La Vanguardia el 1 de marzo de este año, y en cuya redacción participó Zambrano, firmándolo, al igual que su padre, Don Blas, junto a un numeroso grupo de profesores, escritores, artistas, médicos, ingenieros y juristas. Con escritores y artistas se encuentra en el barcelonés Salón Rosa, donde, según recuerda F. Giner, «si María estaba [...] todo lo presidía su gracia natural, aquella como presencia de una ternura que con su chispa aventajaba al sitio —sin que ella se perdiera— de la inteligencia viva, también presente». Hubo de ser a mediados del año cuando A. Machado vio por última vez a su querido amigo, Blas Zambrano: «Vi a Don Blas por última vez en Barcelona —escribe el último Mairena póstumo— acompañado de su hija, esta María Zambrano que tanto y tan justamente admiramos todos. Pláceme recordarle así, ¡tan bien acompañado! Encontré a don Blas algo envejecido». El 22 de noviembre, Machado, que le escribe a María agradeciéndole el artículo sobre su libro La guerra («En él ha vertido usted —le dice— la cornucopia de su indulgencia y su bondad; pero como posee usted, además, mucho talento, su crítica casi parece justa»), todavía le pregunta por «mi querido amigo don Blas», y le cuenta su sueño del «arquitecto del acueducto», que no es otro que el propio Don Blas. Pero éste había muerto ya el 29 de octubre. A su muerte dedicará Machado uno de sus más hermosos artículos, y el último, de su Mairena póstumo, en el número XXIII de Hora de España. El mismo en el que también iban dos artículos de María: «Las ediciones del Ejército del Este» y «Pablo Neruda o el amor a la materia», donde todavía las palabras resisten y alientan.
Pero la guerra ya está perdida. En noviembre Zambrano se suma a los que acuden a despedir a los brigadistas internacionales. El 23 de diciembre 25 divisiones del ejército «nacional» inician la ofensiva de Cataluña.

1939
Ya hay que irse. Les echan de España. El 25 de enero, el mismo día en que capitula Barcelona, del número 600 de la Avenida 14 de abril salen Doña Araceli Alarcón, sus hijas, Araceli y María, dos niños, sus primos José y Rafael Tomero, Rosa, la criada, y «Mickey», el perro de los niños. les está esperando el gran coche negro, propiedad de Manuel Núñez, el último director general de Seguridad de la República; auto que unas semanas antes había abierto el gran cortejo que seguía la furgoneta fúnebre con el cuerpo de don Blas Zambrano, camino del cementerio de las Corts. Ahora, camino del exilio: Figueras, La Junquera, Le Perthus. Antes de llegar a la Junquera, el coche va muy despacio entre la inmensa muchedumbre que huye atemorizada, y ven a don Antonio Machado caminando casi inválido y sostenido por su madre. Ante su negativa a la invitación a subirse al coche María Zambrano baja de él y llega andando a la frontera con el poeta. En Le Perthus permanecen casi todo el día en un café hasta que consiguen albergue en el hotel Du Tourisme, en Salses. A los pocos días, María se reúne allí con su marido, y juntos parten a París, desde donde van a México; mientras, su madre y Araceli se quedan en Francia, donde les espera el calvario a que los nazis someterán a Araceli, tras la prisión en Paría de Manuel Núñez, finalmente extraditado por presiones de Serrano Suñer, y fusilado en Madrid.
El viaje a México lo ha relatado Zambrano en Delirio y destino: «Era como sentirse en vías de nacer a través de aquella agonía inédita». Tras una breve estancia en Nueva York, se dirigen a La Habana, donde María puede dar unas conferencias que les alivian la penuria en que están. Enseguida parten a México, reencontrándose con otros eminentes exiliados que han ido llegando, desde 1938, invitados por la Casa de España: Recasens Sitges, León Felipe, Moreno Villa, Ots Capdequí, Díez Canedo, Gutierrez Abascal, G. R. Lafora, Bal y Gay. Poco antes que ella han llegado A. Salazar, A. Medinaveitia, Blas Cabrera, P. Carrasco Garrorena, P. Bosch Gimpera, A. Trías, W. López Alba, y sus dos grandes amigos E. Prados y R. Dieste. Aún irían sumándose a la Casa de España, al par que Zambrano, otras muchas relevantes personalidades de las letras y las ciencias españolas; creándose, así, una compleja estructura de doce miembros de pleno derecho, quince residentes (entre los que se encontraban también Bergamín, B. Jarnés, J. Carner y el filósofo J. Xirau), más múltiples invitados y becarios, algunos comisionados especiales, así como otros miembros honorarios. En esta eximia Casa conoce a sus patronos, Cosío Villegas y Alfonso Reyes, con quien, desde entonces, le unirá una gran amistad. Ante tan eminente público, pronuncia Zambrano las tres conferencias sobre «Pensamiento y poesía en la vida española»: «Todos —y Alfonso Reyes el que más— quedamos fascinados —dirá F. Giner de la llegada de Zambrano a la Casa de España— [...]. Como estuvimos fascinados unos días después en el Palacio de las Bellas Artes cuando María Zambrano dio sus memorables tres conferencias antes de marcharse para Michoacán».
Octavio Paz recensionaba estas conferencias en el número 4 de Taller: «María Zambrano ha dado tres magníficas conferencias. El pensamiento [...] es singularmente nuestro siendo tan suyo. Anuncia en toda su apasionada riqueza un estado de espíritu que es ya el de muchos. Nostalgia de un orden humano, búsqueda y profecía de un logos lleno de gracia y verdad. Y esta angustia alcanza en María un tenso, hondo equilibrio».
La resonancia de estas conferencias no hace sino amplificarse con su inmediata publicación en libro: Pensamiento y poesía en la vida española. Su influencia es tan grande en el grupo poético de Taller: J. Alvarado, L. Zea, A. Quintero Álvarez. De entre los españoles fueron menos los que se ocuparon de unas y otro: F. Giner, E. Imaz o Moreno Villa. Sin embrago, Zambrano no puede quedarse como residente en la Casa de España y es comisionada, de modo permanente en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, en Morelia. Algunos testigos del momento han adivinado espurios motivos en tal remisión, y que, en todo caso, sus colegas no le dieron su verdadero sitio entre ellos. Curioso es que Gaos no la mencione ni una vez en sus Confesiones profesionales. En Morelia, el día 1 de abril, Zambrano comienza sus clases de Historia de la Filosofía explicando el concepto de libertad en Grecia, mientras en Madrid «desfilaban los gritos de la bárbara victoria», escribirá Zambrano en Violetas y volcanes, ya en 1989. Ahí recordará la Universidad de Morelia: «Una Universidad que tenía, como toda la ciudad, el color de Salamanca, dorada. se alzaban las inmensas buganvillas, que yo nunca había visto tan inmensas [...]. Comencé a dar mi clase en medio de ese silencio, en ese que tiene el indito, y lo digo con todo cariño, en ese silencio del indito mexicano. Y cómo me escucharon, cómo me arroparon. Su silencio fue para mí como un encaje, como una envoltura o una mantilla de esas que les ponen a los niños que tiemblan. Porque yo temblaba por todo y me quitaron el temblar».
En Morelia publica «Nietzsche o la soledad enamorada», en junio. Y el día 16 de ese mes finaliza «San Juan de la Cruz (De la noche obscura a la más clara mística)», que se publicará en diciembre en Sur, de Buenos Aires. Es ya el momento del «agua», de la disolución de todo rencor, en el mismo proseguido fracaso; del agua y de la visibilidad, de la transparencia. María Zambrano me dictó en el, al fin fracasado, dada su ya muy mala salud, intento de hacer un discurso enteramente nuevo para la recepción del premio Cervantes, en 1989, pero del que han quedado, aún así, unos bellísimos fragmentos: «Y hay lugares del mundo hispánico donde esta visibilidad se hace resplandeciente; y así en Michoacán, donde se me dio a conocer la experiencia de la unidad perfecta de la forma que hasta alcanzan los ínferos reales del habla. Aquella lluvia angelical tan fina que me indicaba a mí y a mis pacientes alumnos que eran las cuatro de la tarde [...]. Allí en Morelia, cuyo camino yo no había buscado sino que el camino mismo me llevó a ella [...]. Fui sustraída a la violencia y me encontré en esa paz que se destaca con especial fuerza y delicadeza en aquella ciudad [...]. la revelación de un logos indeleble y secreto, misterioso e invencible de las letras hispánicas, aún por lograrse, recorriendo todas ellas como una música sin par que se da en múltiples lados y se hace notar que todavía no se ha acabado [...] de lograr enteramente».
Allí, y así, mientras —ironizaba Zambrano— es ella la facultad entera de Filosofía, impartiendo 5 ó 6 materias diferentes, finaliza Filosofía y poesía —el libro de temática general, gemelo de Pensamiento y poesía en la vida española— que editará Publicaciones de la Universidad Michoacana. También allí escribe otros dos artículos que, significando la síntesis de su larga e intensa andadura entre 1928 y 1939, inician, junto a esos dos libros, una nueva etapa de su pensamiento —que bien podemos denominar, simbólicamente, del «aguallama», por la misma simbología que, de este 1939 a 1945, la va a presidir—: «Poesía y filosofía» y «Descartes y Husserl». Pero, su camino no se detenía en aquella hermosa ciudad, donde vio crecer y firmó su propia paz, respondió a la llamada de las «islas» y del que sería su gran amigo y par: Lezama Lima. El día 1 de enero de 1940, María Zambrano está ya en La Habana.

1940
El día primero del año María Zambrano y su esposo están nuevamente en La Habana, donde ella dará clases en la Universidad y en el Instituto de Altos Estudios e Investigaciones Científicas. Allí encuentra un recinto (su «Cuba Secreta») amistoso cuyos polos fueron Lezama Lima y (en el más puro amor) el doctor Pittaluga, amigo de Ortega y a quien ya conocía desde Madrid. Desde Cuba, Zambrano se traslada con frecuencia a Puerto Rico, donde intermitentemente, hasta 1943, pronunciará cursos, seminarios y conferencias en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de San Juan, así como en la Asociación de Mujeres Graduadas. Y «La agonía de Europa» (publicada en la revista Sur) es para Zambrano su propia agonía ante las de su madre (muy enferma) y su hermana Araceli, ambas en el París invadido por los nazis. Para Araceli comienza el calvario que la va a llevar a las puertas de la locura, acosada por la Gestapo, dado que conoce a uno de los personajes más perseguidos por el franquismo (y en concreto por Serrano Suñer), Manuel Núñez.

1941
La reflexión sobre España se ha ido expandiendo hacia la tragedia que vive Europa. Y el análisis de «La violencia europea» (Sur), se va a adentrar en las propias raíces de la esperanza que aquellas agonía y violencia deja entrever. Se dará ya el típico movimiento del péndulo filosófico zambraniano: es el ir desde la destrucción y la oscuridad al íntimo punto de la luz que ellos celan. Para llegar a él, y como Zambrano considera que sucede con toda clarificación vital humana, ha de mediar una íntima profesión. Así recorre ella los caminos de los géneros confesionales occidentales, desde San Agustín: La confesión como género literario y como método («Luminar») precede a «La esperanza europea» (Sur, ya en 1942) que es la primera de las indagaciones de Zambrano guiada explícitamente por una antigua intuición (que poco antes ha manifestado, aunque no toda su complejidad, en «El freudismo, testimonio del hombre actual»): la primera «represión» real del hombre es la de la esperanza y la del tiempo. Se trata de la oclusión de los cauces de apertura de los múltiples tiempos que hay que liberar, única forma para que aquella esperanza se manifieste con plenitud y sosiego, más allá de sus trágicas máscaras de crimen y desesperanza.

1942
Continua sus clases y conferencias en La Habana. En 1943 se va a vivir a San Juan de Puerto Rico, nombrada profesora de la Universidad de Río Piedras. Cada vez más el pensamiento de Zambrano se ve imantado hacia la consideración de las raíces de la violencia europea y las conexiones que haya entre ésta y sus formas de pensamiento, así como las escisiones que en ella se producen entre el «sistema» (filosófico) y el «poema». Todo ello pone en cuestión la misma idea de la libertad tal como eclosiona desde el idealismo alemán del siglo XVIII (Kant, Fichte, Shelling y Hegel). Todas sus clases y conferencias de esta época son la patentización de estos tres problemas. Y siempre con la mirada puesta en los dos polos que Zambrano considera son históricamente los gérmenes de una posible «razón mediadora» entre la violencia del pensamiento y los anhelos olvidados (por reprimidos) de la vida: el estoicismo y el pitagorismo, del que Zambrano encuentra es una continuación el neoplatonismo y, por modo singularmente atrayente para ella, el de Plotino. Asimismo profundiza considerablemente algunas tesis del «personalismo» y establece un diálogo muy crítico con el existencialismo.

1943-1945
Además de sus cursos en Puerto Rico y La Habana, en ésta Zambrano pronuncia algunas conferencias en la Asamblea de Profesores de Universidad en el exilio. De estos años procede el afianzamiento de su amistad con profesores españoles como García Bacca o Ferrater Mora. Y es en 1944 cuando hay que fechar con exactitud (entre mayo, en que publica «La destrucción de las formas» y el 7 de noviembre, cuando escribe carta a R. Dieste y se explaya al respecto) la nítida visión de lo que ha de ser la «razón poética». En aquella carta escribe: «Hace ya años, en la guerra, sentí que no eran "nuevos principios" ni "una Reforma de la Razón" como Ortega había postulado en sus últimos cursos, lo que ha de salvarnos, sino algo que sea razón, pero más ancho, algo que se deslice también por los interiores, como una gota de aceite que apacigua y suaviza, una gota de felicidad. Razón poética...es lo que vengo buscando. Y ella no es como la otra, tiene, ha de tener muchas formas, será la misma en géneros diferentes». Y en esta razón se dan cita Empédocles («hay que repartir bien el logos por las entrañas»), Plotino, y de forma particular, pero clarísima, Spinoza y Nietzsche: «(...) Por la alegría inmensa, por la beatitud que da e sacarse algo de dentro, de muy adentro, el volver a ser niño escribiendo» —escribe Zambrano también en aquella carta—. A su vez, en estos años da un largo curso en La Habana sobre «El nacimiento y desarrollo de la Libertad, de Descartes a Hegel»11.
11. Existe una transcripción de estos cursos de Cintio Vitier, Litoral, T.2 cit, quien como asistente a ellos también ha relatado en su novela «De peña pobre» (1970): «La voz lejanísima de la que no se perdía una sola insinuante sílaba, la voz más hecha de silencio que de sonido, la voz sibilina de sirena interior de la profesora andaluza, peregrina de la Guerra Civil española, sacaba la filosofía del marco didáctico para mostrarla viva, desnuda, sutil y trágica». Los testimonios sobre la voz «transparente» y «sibilina» de Zambrano, pueden encontrarse, entre muchos otros, en Cioran, Octavio Paz, J. Miguel Ullán, C. Fuentes, Eliseo Diego, Lezama Lima, Jorge Guillén, J. Bergamín, E. Prados, R. Alberti, F. Mora.

Agosto de 1946
Viaja de La Habana a París —esperando visado y billete durante un mes en Nueva York— .ante la comunicación de la grave enfermedad de su madre. Cuando llegue, el día 6 de septiembre, ya estará enterrada. Y encontró a una Araceli que acababa de vivir una pesadilla (tras las torturas que le infligieran los nazis, la extradición de su marido desde la cárcel de La Cité a España, donde fue fusilado). Y esta penosa situación será la razón de que María Zambrano no abandone ya apenas un momento a Araceli hasta la muerte de ésta. En Delirio y destino (pág. 246) llegó a escribir: «ellas dos hacían una sola alma en pena».

1946-1948
Ambas hermanas permanecen estos años en París, gracias a la generosidad y protección de algunos amigos: del matrimonio griego Cervos, del que el marido fue un acaudalado banquero y experto encargado por Picasso para autentificar sus cuadros. María inició con Picasso cierta amistad que no tendría continuidad. Vivieron también en casa del escritor francés J. Charles Fal (Chaussèe de la Muette, 8 bis) y con Octavio Paz y Elenita, su mujer entonces, en la Embajada mexicana en París. Conoció entonces Zambrano a lo más florido de la intelectualidad francesa: Malraux, Sartre, Simone de Beauvoir; pero con quienes realmente estableció una profunda amistad fue con el poeta Renè Char y con Albert Camús. Éste, el día que murió (1960) en accidente de automóvil, llevaba en el coche la traducción francesa para Gallimard de El hombre y lo divino. Y a más de las amistades con Juan Soriano, Bergamín o Ángel Alonso, ambas hermanas gozan de la del pintor inglés Timothy Osborne quien, hasta la muerte de María será su gran protector económico.

1948
María Zambrano se separa de su marido Alfonso Rodríguez Aldave. Existe constancia de que Zambrano estuvo en La Habana en algunos momentos durante este año

1949
Nuevamente María Zambrano, ahora acompañada por Araceli, se establece en Ciudad de México, en cuya Universidad le es ofrecida la cátedra de Metafísica que ha dejado vacante García Bacca. Habiendo aceptado inicialmente, renuncia a ella para trasladarse de nuevo a La Habana

1949-1953
Acaso hayan sido estos años los definitivos en cuanto a la maduración de su pensamiento. Conferencias, clases, incluso particulares, publicación de numerosos artículos, son las actividades que sustentan de forma precaria a las dos hermanas. Ante la convocatoria de un premio literario por el Institut Européen Universitaire de la Culture, para una novela o biografía, María Zambrano escribe y envía en menos de cuatro semanas Delirio y destino. Aunque este premio recayó en Vintila Oria, Gabriel Marcel, miembro del jurado —del que era presidente Salvador de Madariaga—, expresó su disentimiento y las razones por las que creía fuese el merecedor del galardón el libro de Zambrano. Obtuvo una mención de honor y se recomendó su publicación a la Guide du Livre. Zambrano, de hecho, no quiso publicarlo hasta su vuelta a España.
El prestigio de Zambrano en La Habana era grande. Desde Lezama Lima a Cintio Vitier, Eliseo Diego o el músico Julián Orbón, han manifestado que verdaderamente la que constelaba al más importante grupo de poetas, novelistas e intelectuales cubanos, era ella. A propósito de la antología de 10 poetas12 cubanos recopilada en 1948 por Cintio Vitier, Zambrano escribió «Cuba Secreta», artículo que supondría un hito para todos los intelectuales.
12. L. Lima, Ángel Gaztelu, Octavio Smith, Virgilio Piñera, Justo Rodríguez Santos, Eliseo Diego, Fina García Marruz, Gastón Baquero, Lorenzo García Vega y el propio Cintio Vitier.

1953
Araceli y María Zambrano abandonan Cuba —a la que ya volverá sola María, y por un período muy breve en 1954—. Se instalan en Roma. Primero en un apartamento de la Piazza del Popolo y en los primeros años 60 en la del Flaminio.
Elena Croce, Elemire Zolla, Victoria Guerrini (Cristina Campo, literariamente) son sus mejores amigos italianos. Y entre los españoles Ramón Gaya, Diego de Mesa, Enrique de Rivas, Rafael Alberti, Jorge Guillén. Solían reunirse en el café Rosati, donde también se daban cita otros muchos intelectuales italianos, como el círculo de Alberto Moravia y su esposa, Elsa Morante. «Nos movíamos muy bien —ha recordado Ramón Gaya13- por estos lugares: el Café Greco, Piazza de España, Via del Babuino, la Fruteria, la Trattoria (...) pero donde quizá he visto a María, no más feliz, ni más triste, si no más... plena, más completa, ha sido en la Via Apia. A María le gustaba, sobre todo, llegar hasta un relieve muy perdido, muy gastado; de la tumba romana (...)».
13. Abc, 7 de febrero de 1991, «He pintado ese momento».

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